Tras el susto médico que obligó a poner en pausa su camino, Panteón Rococó regresó a Guadalajara para dejar algo claro: el ska mexicano no solo sigue vivo, también está más vibrante que nunca. La banda encabezada por Dr. Shenka celebró tres décadas de trayectoria con un concierto que transformó al Auditorio Telmex en un auténtico santuario de celebración y resistencia.
La noche de este viernes 13 no era cualquier presentación. El concierto originalmente estaba programado para el 7 de noviembre, pero tuvo que posponerse después de que el vocalista sufriera un preinfarto el 14 de junio de 2024, horas antes de un show en Querétaro. Por eso, el reencuentro con el público tapatío fue más que musical: se convirtió en un festejo a la vida.
Desde minutos antes de que iniciara el espectáculo, el recinto ya vibraba. Silbidos, gritos y el clásico rugido del “monstruo de mil cabezas” anunciaban la expectativa de miles de fans que aguardaban el regreso de la banda.
La espera terminó a las 9:20 de la noche, cuando los primeros acordes de “Asesinos” detonaron la euforia colectiva. El arranque continuó con “Ciudad de la Esperanza”, “Estrella Roja” y “Dime”, encendiendo de inmediato el baile en cada rincón del auditorio.
“¡Buenas noches, Guadalajara! ¡Hagan ruido! Son 30 años, tantas canciones… muy buenas noches, Guadalajara”, exclamó un emocionado Dr. Shenka al saludar a un público que no dejó de corear.
Con el ambiente encendido, la banda comenzó las clásicas competencias de porras entre las distintas secciones del recinto, desatando una ola de gritos y brincos que recorrió de un extremo a otro el auditorio.
Antes de interpretar “Triste realidad”, el grupo bromeó con el público: “Afortunadamente tienen nuestra música para soportar esta triste realidad”, provocando otra explosión de energía entre los asistentes.
El concierto también tuvo momentos íntimos. La banda agradeció el sold out y dio la bienvenida a las nuevas generaciones que asistieron al espectáculo: niñas y niños que, sobre los hombros de sus padres, vivían por primera vez la experiencia de un concierto del grupo.
Durante la noche, los músicos recordaron sus inicios: desde las primeras tocadas en bodegas hasta presentaciones en espacios emblemáticos como la Concha Acústica y Calle 2, etapas que marcaron el crecimiento de la agrupación. Guadalajara, dijeron, siempre fue una parada obligada en ese camino.
La fiesta colectiva continuó con clásicos como “Cha Cha Llover”, “Hostilidades”, “Acábame de matar”, “Mil horas”, “Cariñito” y “Cumbia del olvido”, canciones que el público cantó a una sola voz mientras el recinto se transformaba en una pista de baile gigante.
Uno de los momentos más significativos llegó con “Caminemos juntos”, cuando en las pantallas del escenario se proyectaron imágenes de Palestina, acompañadas por banderas de esa nación y de México, junto a un mensaje de solidaridad y unión.
El tono festivo volvió con “Borracho (Drunk Steady Beer)”, tema que la banda recordó como resultado de aquellas tardes en las que se escapaban de la preparatoria para reunirse con amigos, beber cerveza y escuchar rock and roll.
Más adelante llegó “La dosis perfecta”, canción que el grupo aseguró siempre ha tenido un vínculo especial con el público tapatío. Entre bromas, también preguntaron cuál sería la probabilidad de tocar “Viernes de Webeo” precisamente en viernes.
Sin embargo, el instante más simbólico de la noche llegó con “1993”, dedicada a las personas desaparecidas en México, especialmente en Jalisco, el estado con mayor número de casos. Desde el escenario, la banda pidió al público levantar la voz por cada una de ellas, ellos y ellxs.
El auditorio respondió con un coro que se extendió por más de dos minutos: “Olé, olé, olé, olé… Panteón, Panteón, Panteón”, un grito colectivo que hizo retumbar el recinto.
El concierto cerró con una cadena de himnos imprescindibles: “Esta noche”, “Fugaz”, “Tu forma de ser” y, por supuesto, “La Carencia”, la canción que desde hace años se ha convertido en el ritual final de cada presentación.
Tras dos horas y media de espectáculo, quedó claro que el corazón del concierto no solo estaba en el escenario, sino también entre el público.
Entre ellos estaba Nora López, seguidora de la banda desde sus inicios. Para ella, asistir al concierto fue un viaje en el tiempo. Recordó que la música de Panteón Rococó marcó su adolescencia y que ahora comparte esa experiencia con sus sobrinos.
En cada fila del Auditorio Telmex se repetía la misma escena: fans de la vieja guardia, aquellos que crecieron en tocadas de bodegas y foros alternativos, ahora acompañados por nuevas generaciones. Una señal de que, treinta años después, la llama del ska mexicano sigue encendida.
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