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El brote que nació de la apatía

¿Cuán peligroso puede ser un virus que creímos erradicado? El sarampión, al que pensamos superado, nos ha demostrado en el último año lo frágil que es nuestra salud y la crisis que nos coloca como país en el ojo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS.) ¿Qué salió mal para abrirle la puerta a una enfermedad aún más contagiosa que el Covid-19 o la influenza A-H1N1? Lamentablemente todo. El 2025 nos dejó la crónica de una epidemia anunciada con todos sus elementos: esquemas de vacunación incompletos, renuencia a las inoculaciones y omisión en las medidas de prevención. Los más de ocho mil casos identificados en México desde el año pasado no son un juego; los casi 30 decesos, tampoco.

Los números tienen la respuesta: reprobamos. Un país requiere que el 95 por ciento de su población esté inmunizada para evitar un brote, pero México no alcanzó ni el 70 de vacunados, por ello no era de extrañar que cuando se presentó el primer caso el año pasado no pudieran controlarse los contagios con una población carente de defensas. El virus viajó del Sur al Norte causando estragos en Chihuahua, con más de cuatro mil casos el año pasado.

Ahora Jalisco es el epicentro. Pasamos de menos de 700 casos en 2025 a más de mil 500; sólo en el mes de enero tuvimos más de 800, un aumento del 125 por ciento respecto del año pasado. Según la Organización Panamericana de la Salud ese es el resultado al desestimar la gravedad de la situación y rechazar las vacunas. Son los efectos secundarios del miedo, la desconfianza en las instituciones de salud o el discurso antivacunas viralizado en redes sociales; por ello volvimos a las medidas de 2021: uso obligatorio del cubrebocas en las escuelas por un mes e incluso suspensión de clases. 

El sarampión no sólo son ronchas. Cuando las lesiones aparecen en la piel el cuerpo ya ha sido afectado a nivel respiratorio e incluso podría desarrollar ceguera o sordera. Una sola persona infectada puede contagiar a nueve de cada 10 no vacunados, y los números empeoran: uno de cada 20 pacientes presenta neumonía; uno de cada mil presenta encefalitis y entre uno y tres de cada mil fallece. 

Este no es el escenario en el que queremos vivir, pero hemos normalizado habitar entre la ignorancia y el rechazo, entre la duda y la desinformación. Cada adulto que elige no vacunarse o no vacunar a sus hijos está tomando una decisión que nos afecta a todos. La respuesta está en el biológico que se ofrece en centros de salud, plazas públicas, escuelas e incluso casa por casa y aún así le cierran la puerta. El brote de sarampión no es un fallo en el sistema de salud; es el resultado de una elección personal de no inmunizarse y exponer a todos los que no pueden protegerse.

Muchos recuerdan el episodio que vivimos con la influenza A-H1N1 en 2009 y las medidas que llegaron para quedarse desde la pandemia por Covid-19 en 2021; ya sabemos lo que es vivir aislados o perder a alguien cercano y no merece la pena repetirlo. El sarampión no es el problema; el verdadero punto ciego es aún más peligroso: la apatía y la desinformación. Lamentablemente todavía no se desarrolla la vacuna para eso.

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jl/I

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