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Bad Bunny y la trampa de las etiquetas

El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl LX se convirtió en un espejo de nuestras polarizaciones: unos lo elevaron a la categoría de espectáculo histórico y otros –con los que no estoy de acuerdo– lo redujeron a un signo de decadencia cultural. Lo interesante es que pareciera que la reacción no dependió tanto del show en sí, sino del lugar político y cultural desde el que cada quien quiso mirar. Y salvo algunas excepciones, sin medias tintas. O blanco o negro.

Diversos pensadores han criticado la visión del mundo moderno de clasificar la realidad en categorías binarias (algunas de carácter excluyente) como sujeto-objeto, izquierda-derecha o burguesía-proletariado. Aunque la posmodernidad y el pensamiento crítico cuestionan esa herencia por reducir la complejidad a oposiciones rígidas, persiste quizá por simplificación apresurada o comodidad discursiva, manteniendo vigente una lógica que empobrece el debate público.

Por ejemplo. El uso de etiquetas como “fachos” y “wokes” refleja cómo seguimos atrapados en dicotomías fáciles. “Facho”, derivado del italiano ‘fascio’ y asociado al fascismo del siglo 20, se emplea para describir a quien tiene posturas ultraconservadoras. En contraste, “woke”, viene del inglés “despierto” y surgió por primera vez en una canción del artista afroamericano Leadbelly (cuyas melodías luego retomaría en los 90, Kurt Cobain, de Nirvana, conocido como uno de los primeros “wokes” famosos), aunque también se usa de forma peyorativa para criticar la corrección política.

Estas etiquetas, por supuesto que no reflejan ni la complejidad ni la pluralidad del pensamiento en las sociedades, sino que reducen el debate a insultos fáciles o dicotomías rígidas; en simplificaciones que empobrecen la discusión pública, movilizan emocionalmente a algunas audiencias y alimentan la polarización.

Con el espectáculo de Bad Bunny vimos un ejemplo de esa tendencia a encasillar todo en dicotomías fáciles, muchas veces impulsadas por la emoción. Eso no es negativo: los productos culturales buscan provocar reacciones y despertar pasiones colectivas. Sin embargo, una vez pasada la euforia, resulta pertinente profundizar y analizar con calma, evitando ideas preconcebidas y la falta de disposición para escuchar al otro, como proponía Sócrates con la mayéutica.

El show nos entusiasmó a muchos por sus referencias culturales y guiños a la identidad latina, con el poderoso mensaje de: “aquí estamos”. Pero también nos exige autocrítica: quedarnos solo en el aplauso implica el riesgo de caer en lo que Richard Rorty llamaba “la izquierda foucaltiana”, esa “con la que sueña la oligarquía”, más ocupada en “desenmascarar el presente, que “se olvida de construir un futuro mejor”. Las disidencias culturales cautivan, pero cuando las estructuras de dominación quedan intactas, terminan reforzando al mismo sistema que buscan cuestionar.

Por último y retomando la idea principal: uno de los grandes retos de las sociedades contemporáneas es aprender a mirar con matices y escapar de las lógicas simplificadoras que reducen todo a polos opuestos. Y por supuesto, encontrar la manera de transformar esa energía de emoción colectiva, propia de maravillosos shows como el de Bad Bunny, en reflexión crítica y en la posibilidad de construir un mejor futuro común.

*Profesor-investigador de la UdeG con posgrado en Transparencia

X: @julio_rios

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