La historia de la rabia femenina en la literatura no empezó con los libros que aparecieron junto con las olas del feminismo y que pudieron, por fin, ponerle nombre a las desigualdades sociales, políticas y domésticas que han enfrentado las mujeres desde el principio de la mayoría de las civilizaciones.
Tampoco empezó, creo, con las historias de las mujeres en la guerra, participando de movilizaciones sociales o haciendo parte de la fuerza de trabajo igual que los hombres, pero con menores salarios.
Empezó a narrarse con los pequeños descontentos en las historias sencillas, las novelas de amor que terminaban, al menos en las narraciones, con las formas de vida establecidas por la sociedad y el sistema.
Con arranques de celos, con el escape, los romances ilícitos; con la oscura intuición de las personajes de que no estaban siendo amadas como merecían y que a pesar de todos los sacrificios exigidos por el mundo en el que les tocó vivir, no recibían a cambio lo prometido.
El libro ‘Y eso fue lo que pasó’, de la escritora italiana Natalia Ginzburg, es una exploración magnífica de la historia de esta rabia.
Es una novela corta, publicada en español por la editorial Acantilado y comienza con la escena de una mujer atravesando la frente de su marido con una bala.
El relato está lleno de símbolos en ese sentido. Es una confesión criminal de rabia ciega, de enojo puro. Después de años de desplantes, infidelidades, manipulación y silencios, la protagonista mata a su marido con el arma que había encerrado en una habitación que nunca le permitió atravesar durante la vida doméstica.
Atrapada en este matrimonio, la mujer va sumando humillaciones, mentiras y sobre todo la soledad de sentirse constantemente en un teatro siniestro al que entró por su propia voluntad.
Qué rabia. Por supuesto en el tiempo –la novela fue publicada en 1947– muchas mujeres estaban sometidas a escenarios similares, engañadas por una promesa imposible de cumplir a la que tenían que entrar gustosas. De eso dependía su valor. Y ellas, entonces, seguían las reglas, cumplían uno a uno los designios de esa dictadura social que les prometía la familia perfecta para encontrarse ahí, en la soledad.
La protagonista, nos explica al principio de la novela, ni siquiera encuentra atractivo a Alberto, el hombre con el que termina casada, y él, poco antes del matrimonio, le confiesa haberse enamorado de otra mujer, una mujer terrible que lo rechaza. Aun así se casan y poco a poco lo que parecía un acuerdo simple termina convirtiéndose en un manicomio donde su voz, su voto, sus sueños, su deseo y sus sentimientos no importan.
Convertirse también en una mujer terrible se manifiesta frente a ella como una forma de salida y la toma. Le da un tiro a su marido entre las cejas.
Se libera.
“Durante generaciones y generaciones lo único que han hecho las mujeres de la tierra ha sido esperar y sufrir. Esperaban que alguien las amara, se casara con ellas, las convirtiera en madres, las traicionara. Y lo mismo sucedía con las protagonistas de Ginzburg”, dice Italo Calvino en el prólogo de este libro.
La rabia femenina es política por eso. O la hicimos política cuando comenzamos a racionalizar por qué el sentido de injusticia podía llegar a desbordarnos y cuando descubrimos también que nos desbordaba porque la sociedad reprime a las mujeres molestas. Porque una mujer enojada deja a veces de ser mujer para convertirse en un monstruo.
‘Y esto fue lo que pasó’ es entonces una especie de oráculo, un acto colectivo y un reconocimiento que nos haría a todas mujeres terribles: libres.
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