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El macho expuesto al poema

Esta semana decidí adentrarme en un libro muy celebrado y comentado por lectoras y lectores de alto rendimiento, es decir, los que disfrutan de manera seria la poesía: un librito de unas setenta páginas que se llama ‘Poesía masculina’, de la autora española Luna Miguel.

Publicado en el sello La Bella Varsovia, de Anagrama, en 2021, este libro comienza con un reto más que interesante y revelador, el de abordar la voz de la poesía fálica, como la llama Luna Miguel, protagonizada por hombres casi trágicos que se centran en sus genitales para narrar la experiencia de vivir en el mundo que habitan.

Los poemas están concatenados con una intención narrativa casi cronológica. El protagonista, inspirado además en una ex pareja de la autora, hace reflexiones sobre su infancia, sobre sus relaciones y sobre su papel de padre desde una postura superficial y cínica. En algunos momentos incluso parece acercarse al punto, parece estar cerca de entender por qué el mundo y las mujeres a su alrededor están cambiando, pero no lo logra. Se queda a medias, hundido, sin culpa, en sus muchas idiosincrasias.

Lo que hace la autora en este ejercicio de ficción visto desde la poesía no es solo intentar encarnar un personaje ajeno, el de un hombre heterosexual que la desea y la antagoniza al mismo tiempo, sino encarnarlo desde sus múltiples deficiencias: constantemente atrapado entre la dualidad de quien es, quien está destinado a ser por su contexto y las exigencias que le presupone el mundo moderno, en el que las mujeres se rebelan y son también dueñas de su deseo; de hecho, lo expanden y lo llevan como estandarte.

Y lo hace minuciosamente: lo desnuda, casi lo destripa, porque incluso encuentra la manera de observarse a sí misma a través de los ojos de este varón; se seduce, se cela, se maravilla y se roba el papel de ella en su vida.

Cada poema describe una situación donde se devela su carácter confuso: su constante vigilancia hacia su pareja, Luna; un cariño soterrado e incapaz de expresarse por su hijo; el simulacro de la empatía hacia la violencia sexual que viven mujeres a su lado; un deseo enorme por abrir la experiencia sexual no monógama, pero, al mismo tiempo, un deseo superficial, fálico, que convierte los cuerpos de sus parejas –a quienes quiere ver como iguales– en un territorio de explotación.

Luna Miguel toma esa voz, según mi punto de vista, no para desentrañarla, entenderla o justificarla, sino para exponerla como síntoma y resultado de un proceso más colectivo, pero que se queda siempre a medias en el reconocimiento que suelen protagonizar los hombres en ese tránsito entre el hombre tradicional y las exigencias de un mundo moderno transformado, al fin, por los feminismos. No es un simple hombre el que habla a través de estos poemas y queda automáticamente expuesto a sus contradicciones e idiosincrasia: es un macho, y actúa como macho por más que se haya dedicado a intentar cambiar y subvertir ese sistema que le beneficia y en el que se encuentra, de pronto, ahí parado, confuso.

Es un hombre intentando ser un hombre feminista, pero que odia a su esposa. Un hombre que quiere escribir, pero está más pendiente de cómo se ve esto en los ojos de las otras y los otros. Un hombre que quiere transformar la forma en la que se relaciona con las mujeres, pero es incapaz de mirarlas como iguales. Que cría, pero que abandona. Que quiere tener a varias mujeres, pero que se aterra si su mujer mira a otros. Siempre en la orilla de la humillación, la pedantería y el patetismo.

Luna Miguel, en este libro, se mira a sí misma como una mujer de su tiempo desde los ojos de los hombres de ese mundo que por fin puede mirar con absoluta claridad.

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jl/I

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