Durante mucho tiempo escribí sin pensar demasiado en lo que significaba hacerlo.
Empecé en cuadernos. En diarios que nadie más iba a leer. Escribía para narrarme a mí misma el mundo: lo que me pasaba, lo que veía, lo que todavía no sabía cómo nombrar. Páginas torpes, urgentes, llenas de emociones a veces sin forma.
Luego vinieron los cuentos para la escuela. Después los concursos. Más tarde, los ensayos en la universidad, donde aprendí que escribir también era argumentar, ordenar ideas, sostener una mirada propia.
Recuerdo uno en particular. Un texto que había trabajado durante semanas, hilando párrafo tras párrafo. Cuando lo entregué, un maestro lo leyó con atención y luego me hizo una pregunta que todavía recuerdo con nitidez:
¿Estás segura de que esta idea es completamente tuya?
No lo dijo como elogio. Tampoco como una acusación abierta. Lo dijo como quien sospecha.
En ese momento no supe bien qué responder. Con los años entendí que esa duda, sembrada con tanta naturalidad, se parece mucho a otras que las mujeres aprendemos a cargar cuando escribimos.
Porque escribir siendo mujer también implica una forma de vigilancia permanente.
Revisar tres veces un dato que quizá otros revisarían una. Confirmar una cita. Volver a leer una frase preguntándose si alguien dirá que exageramos.
Que interpretamos de más.
Que estamos ocupando un espacio que no nos corresponde.
O peor: que nos lo regalaron.
Escribir con la sensación de que, en algún lugar, siempre hay alguien esperando el error para confirmar que esa voz no debería estar ahí.
Esa hipervigilancia no siempre viene de afuera. Con el tiempo también se instala adentro.
Aun así, seguí escribiendo.
Primero como reportera, aprendiendo a mirar el mundo con atención, a escuchar historias ajenas, a ordenar el caos de los hechos en algo que pudiera entenderse. Después, con los años, en estos otros textos más personales, donde la escritura ya no solo describe la realidad: también la piensa.
Y entonces comencé a entender algo que al principio no veía. Escribir, para muchas mujeres, nunca ha sido solamente una actividad intelectual. Ha sido también una forma de ocupar un lugar.
Durante siglos, los libros, los periódicos y las tribunas estuvieron llenos de voces masculinas. Las mujeres escribían, sí, pero solían hacerlo en los márgenes: en cartas, en diarios privados, en cuadernos que rara vez aspiraban a convertirse en palabra pública. O bajo nombres masculinos.
Escribir era un gesto íntimo.
Incluso clandestino.
Por eso, todavía hoy, cuando pareciera que ese espacio está conquistado, pesa algo parecido a una sospecha.
Como si cada texto tuviera que demostrar que merece existir. Como si cada mujer que escribe tuviera que justificar su presencia en la página.
Quizá por eso sigo escribiendo.
No por la certeza de tener siempre algo extraordinario que decir, sino por una convicción más sencilla y más obstinada. Escribir para nombrar lo que incomoda. Para pensar en voz alta. Para registrar la furia, el cansancio, la belleza o la duda. Escribir, también, para no desaparecer.
Tal vez eso empezó en aquellos cuadernos que nadie leía.
Tal vez empezó incluso antes, en todas las mujeres que escribieron antes que yo sin saber si alguien alguna vez las escucharía.
Yo solo continúo esa conversación. La de ellas.
Con más preguntas que respuestas. Más dudas que certezas. Siempre así.
Y aunque no pocas veces quisiera elegir ya no seguir, cuando pienso que a nadie le importa lo que tengo que decir, algo dentro de mí se resiste a entregar un espacio que, sin todas las mujeres de antes y de ahora, yo nunca habría podido tener.
Mucho menos ocuparlo.
jl/I









