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Atravesar

Uno de ellos rondaba los 13 años. El otro no pasaba de los 20. Ambos estaban justo delante de mí el jueves de la semana pasada en el Auditorio Telmex. Ninguno de los dos se sentó en todo el concierto. Deduzco que eran hermanos, pues su parecido era más que evidente. Rebosaban un entusiasmo, una complicidad y un cariño que causaron que más de una ocasión me les quedara viendo.

Una canción hizo que el más chiquillo comenzara a brincar. Su hermano lo veía y sonreía. Ambos se miraron un instante. Y se abrazaron. El mayor puso la cámara de su teléfono en modo selfi y se tomaron una fotografía, para después volverse hacia el escenario y seguir cantando con todas las ganas que a uno le sobran cuando tiene esa edad.

A mi izquierda, un poco más allá, una niña de unos 11 años, con el cabello suelto, traía una playera que le llegaba prácticamente a las rodillas. En la espalda, impresa, estaba escrita la lista de canciones de esa noche. Quien la acompañaba seguramente era su mamá, una mujer joven, de jeans y con el cabello recogido.

Mi asombro, en este caso, se volcó en ellas cuando ambas se pusieron a cantar, juntas, una canción de Mercedes Sosa. Sí, pensé, Mercedes Sosa, esa cantante que murió cuando esa niña no había ni nacido. Y ahí estaban, a todo pulmón: “Padre río, tus escamas de oro vivo / son la fiebre que me lleva más allá / voy detrás de tu horizonte fugitivo / y la sangre con el agua se me va”.

¿Qué clase de brujería musical había hecho este artista argentino de sólo 19 años para llenar el Telmex con personas de dos generaciones que estábamos cantando canciones de una tercera generación? Porque no solo fue Mercedes, sino también Silvio Rodríguez.

Y ahí estaba yo también, volviendo a un concierto después de años de no hacerlo, con apenas un pie puesto en mi lugar, y ya arrobada hasta las lágrimas en cuanto sonaron los primeros acordes de ‘Bajo de la piel’, la canción con la que se había abierto este momento que no me cabía en el pecho.

Ocres, rojos, blancos, marrones… ¿Bastan estas luces para llenarte los ojos?

Yo descubrí a Milo J un día a finales de septiembre del año pasado en Spotify. En cuanto escuché la primera de las canciones sentí que algo me iba a calar profundo, como una especie de epifanía Generación Z.

Llegué esa tarde a la redacción llena totalmente por el asombro. Yo, tan mala para escuchar música nueva, me había topado con un disco fascinante, de un jovencísimo cantante, pero en un aterrizaje forzoso de realidad, mis colegas de menor edad me hablaron de una trayectoria de varios años previos forjada en la música urbana. Ahí entendí que, en efecto, no habría modo de haberlo escuchado antes. Pero la vida me lo había presentado ahora; un ahora que, en ese momento, me machacaba en una crisis emocional tal que recién me había llevado a comenzar a ir a terapia psicológica.

Tal vez esa sea la verdadera maravilla. No que un chico de 19 años llene auditorios (que sí lo es), sino que consiga sentar alrededor de una misma canción a quienes apenas empiezan a descubrir el mundo y a quienes intentamos volver a averiguar nuestro lugar en él.

Esa noche, a lo largo de dos horas llenas de trap, tango, milonga, música de pueblos originarios, y nuevas y antiguas voces, llevadas de la mano de Milo J, entendí que algunas canciones no pertenecen a ninguna generación; pertenecen a quienes las necesitan.

Esa noche, con la garganta encendida, con abrazos espontáneos y con los ojos convertidos en gotas saladas, me di cuenta de que no había sido yo quien descubrió esas canciones. Fueron ellas las que llegaron a buscarme.

Y me encontraron.

X: @perlavelasco

jl/I