Hace 22 años publiqué mi primera nota en un periódico.
Sí, no tuvo mi nombre, porque en donde trabajaba entonces no firmaban las notas si no eras reportero de planta. Y yo no era reportera.
Yo era una correctora de textos que soñaba con escribir, con contar las historias que veía en las calles y escuchaba de las personas, de los edificios, de los momentos, pero que todos los días llegaba a la redacción a leer las historias que otros escribían: les movía una letra aquí, una coma allá, una tilde más acá para que se leyeran bonito, para que tuvieran cadencia, estructura, cuidado.
Ese impulso no nació en la redacción de ningún periódico. Tuvo su origen en casa, muchos años antes, rodeada de enciclopedias y libros; de diccionarios y cuadernos; de discos de acetato y películas; de libretas vacías y diarios en los que escribía para tratar de entenderme y entender al mundo.
Para mí, leer y escribir nunca estaban separados; eran las dos caras de la misma moneda, dos caminos paralelos que me llevaban al mismo lugar una y otra vez: dentro, donde sentía algo que debía narrarse.
Mi primera nota salió a una columna el 24 de abril de 2004. El 23 de abril es el Día del Libro y la Lectura, y desde 2002 se comenzó a celebrar en Guadalajara, organizado por la FIL, un maratón de lectura en voz alta de alguna autora o autor de renombre. Ese año, hace 22, el elegido fue Pablo Neruda.
Pedí oportunidad de cubrir las actividades, que se organizaron en las inmediaciones de la presidencia municipal de Guadalajara, bajo un toldo blanco, con decenas de personas que estaban allí para escuchar la lectura en voz alta o para leer frente a los demás, en ese ritual colectivo que a mí me pareció tan significativo. Compartir las letras, aunque sean las de otros.
Me regalaron el póster conmemorativo, con una foto de Neruda, de margen anaranjado que tuve durante varios años colgado en la pared de mi recámara.
Escribí mi nota con emoción. Al fin algo escrito por mí tendría forma sobre el papel, con letras hechas de tinta en una rotativa.
Al día siguiente lo primero que hice fue buscar el periódico para ver mi nota, y allí estaba, en una columna a la izquierda, con un fondo de color.
Y en el titular, “Neurda” en vez de “Neruda”.
Guardé el periódico mucho tiempo, como un tesoro con un gazapo.
“¿Cómo en una palabra tan sencilla pudo haber tal error?”, pensaba. Pero yo misma tenía uno de esos puestos, el de corregir esas páginas y esas notas en el periódico. Muchos años pasaron para entender que no podemos prometer no equivocarnos, sino simplemente ser más cuidadosos.
“Neurda” se convirtió en un chiste local.
Un jefe que tuve años después, en Zacatecas, nos repetía con cierta frecuencia, cuando ya estábamos atorados en la madrugada con el cierre de la edición encima, que los médicos enterraban sus errores, pero que los periodistas los publicábamos.
Tras 22 años, esa anécdota, la del error en la primera nota que publiqué, es más vívida que nada de lo que cubrí o escribí ese día.
Al final, siempre me recuerda lo efímeros y falibles que somos quienes trabajamos en esto. Y que, además, lo hacemos público.
Nadie sabe qué hace un editor hasta que ese editor se equivoca.
Pero de eso se trata, de ser invisibles. Como esa correctora que fui y que publicó su primera nota.
Sin su nombre.
NH










