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Bola negra

El domingo 22 de febrero, aproximadamente a las 9:30 de la mañana aún nada sabíamos de lo que desde la madrugada había ocurrido en el territorio serrano de Tapalpa, Jalisco, y que, por así decirlo, terminó con la eliminación física de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho’, y de alrededor de 60 personas más entre efectivos del Ejército, de la Guardia Nacional, del crimen organizado y algunos inocentes como la señora Angélica María Hernández Ramírez, en estado de embarazo. Muchos, con seguridad, tendremos una historia que contar de ese día negro. Esta es una de las que yo me he enterado.

Las evidencias muestras que los gobernantes no tomaron las medidas preventivas para poner en alerta a la población. Los bloqueos eran previsibles. En todo caso, preocupa que lo considerado haya sido superado por la capacidad de acción y movilización descolocada del crimen organizado.

A todos nos fueron cayendo como baldes de agua fría las noticias que empezaron a difundir las redes sociales. En pocas horas cumplieron su objetivo: la población fue ocupada por el miedo y la ciudad entró en un denso silencio.

Sin saber nada aún, mi amigo Enrique iba conduciendo su troca por la carretera a Chapala. Sin imaginar lo que les esperaba, lo acompañaban investigadores de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Los guiaba en un trabajo de campo. Ya habían hecho el primer registro e iban camino al segundo, en otro canal de aguas residuales, afluentes del río Santiago.

En su trayectoria, sorpresivamente, fueron interceptados por una camioneta Ford Explorer de la que bajaron ocho hombres armados. Les apuntaron amenazadoramente, les ordenaron detenerse, atravesar el vehículo sobre la carretera y bajar de él. Lo hicieron de inmediato suponiendo que se trataba de un asalto y, sin oponer resistencia, empezaron a alejarse rápidamente.

A los pocos metros voltearon la vista y pudieron ver que la troca estaba en llamas. Dentro del vehículo habían quedado celulares, computadoras y otros equipos especializados para los estudios de sustancias tóxicas en aguas residuales.

El equipo que llevaban era costoso y eso llevó a que uno de los investigadores al ver que ardía la troca, corrió hacia ella, abrió la puerta trasera y al hacerlo, el calor de la presión contenida lo lanzo con fuerza quemándole algo de su pelo. El interior de la camioneta aún no ardía y pudo rescatar ese equipo. Todos lo demás, incluida la camioneta, fue pérdida total.

Cuando se alejaban pudieron observar que, por los dos carriles, otros vehículos igual eran consumidos por el fuego. Afortunadamente se encontraron con una patrulla de seguridad privada que, amablemente, los trasladó hasta las puertas de un hotel, cerca del Parque Montenegro.

Cuando esto me lo platicó mi amigo Enrique, empezó diciéndome: “Ayer me tocó bola negra”. Después, antes de despedirnos me dijo: “Nosotros aquí vamos a seguir para contar historias buenas o malas. De esas que suceden porque suceden y de las que, a veces, aprendemos dramáticamente. Aún nos queda mucho por aprender”. Entonces acordamos que debemos seguir contando nuestras historias, buenas y malas. Y en eso estoy.

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jl/I

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