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Palabras ante la impunidad

Desde la neurociencia, Mariano Sigman advierte que el poder de las palabras reside en la conformación de nuestra identidad. Esa afirmación también la podemos hacer desde el periodismo: lo que no se nombra, se pierde; mientras que, lo que se narra, adquiere sentido.

Grandes periodistas como Marcela Turati, Svetlana Aleksiévich, Leila Guerriero e incluso el testimonio de Viktor Frankl tienen esa constante: el testimonio como materia prima para reconstruir lo irreparable. Y en todos resuena la advertencia de Walter Benjamin: quienes atraviesan la violencia extrema regresan mudos, despalabrados, incapaces de narrar lo vivido.

Este lunes, bajo el título “Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel”, transmitida por TV UNAM, Cristina Rivera Garza llevó esa intuición a un terreno concreto: la impunidad como experiencia vivida. No habló de la estadística, sino desde esa grieta que se abre cuando el Estado falla, cuando la justicia no llega y cuando el tiempo no cura, sino que perpetúa el daño.

Volvió sobre la historia de su hermana, Liliana, asesinada en 1990, pero no para reconstruir el caso, sino para colocarlo como una pregunta abierta sobre lo que significa vivir en un país donde la impunidad es regla.

La búsqueda del expediente es brutal. Un archivo mínimo, precario, casi inexistente. Ahí se condensa todo: hojas mal redactadas, pruebas que nunca se realizaron, burocracia insensible ante el dolor.

Lo que se construyó frente a la audiencia es una clase magistral de construcción de memoria. Rivera dice que la impunidad apareció como una experiencia que desordena la vida cotidiana, “te convierte en un paria”.

Luego, esa impunidad rompe el vínculo con el Estado y desplaza a quien la padece fuera del pacto social. Las leyes siguen ahí, pero no existen.

En ese punto emerge el núcleo más inquietante: la relación entre lenguaje y justicia. Cuando el sistema falla, también se rompe la posibilidad de narrar. La víctima duda, se interrumpe, pierde palabras. El relato dominante ocupa ese vacío y reorganiza los hechos para culpar a las víctimas y absolver a los agresores.

Frente a esa fractura, la escritura adquiere otra dimensión. No como desahogo, o no solamente. 

Sino porque nombrar se vuelve una manera de obligar a mirar, de colocar al agresor y a su entorno dentro de la narrativa que han intentado evitar. Ahí aparece una forma de justicia que no depende de tribunales, pero que incide en el espacio público.

Recordó el caso de Giséle Pelicot y su frase “la vergüenza debe cambiar de bando”. La memoria, entonces, deja de ser archivo y se vuelve disputa. La intervención de Rivera Garza se instala en ese territorio donde la literatura deja de ser un espacio íntimo y se convierte en una práctica que reorganiza el sentido de lo ocurrido. No repara el daño, pero lo nombra.

El cierre de Cristina es brutal: el hijo ahora lee y entiende quién es Liliana, su tía. Sabe quién es y por qué su madre es quien es.

Porque lo simbólico importa. Porque las palabras llegan tarde, pero cuando llegan, configuran una nueva realidad. Le dan destino a nuestras vidas. Al final, somos lo que nos contamos.

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jl/I

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