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Leer sin atención: la derrota silenciosa

Hace unos días leí una publicación del profesor español Jordi Martí, especialista en tecnologías de la información y la comunicación, que me hizo sentido al evidenciar las consecuencias de la falta de atención en niños y adolescentes que pasan más tiempo del necesario en el universo digital.

En el marco del Día Mundial del Libro vale la pena detenernos a reflexionar sobre algo que hoy parece escaso: la atención. Leer, que debería ser un acto cotidiano, se ha convertido casi en un ejercicio de resistencia en medio del ruido digital.

Aunque Martí ha promovido desde hace años la integración de la tecnología en las asignaturas académicas, en su publicación se refiere a la falta de paciencia e interés de los alumnos en la lectura con una frase muy clara: “Se va perdiendo la batalla más importante en las aulas… la capacidad de leer un texto largo sin desconectar”. Aclara que no es que las niñas, niños y jóvenes no sepan leer, sino que han perdido el hábito de la paciencia: “Sin lectura no hay comprensión, y sin comprensión sólo hay la nada”. Su análisis es aún más profundo y tiene mucho que ver con el momento actual, saturado de redes sociales, donde la información es brevísima, acelerada y cuestionable.

El profesor, que se autodenomina “Mercenario de la tiza”, como aquel personaje de Arturo Pérez-Reverte en el texto titulado “Un héroe de nuestro tiempo”, publicado en 2006 en su columna Patente de Corso, señala que un alumno que no entiende lo que lee está condenado al fracaso en las asignaturas, pues, para él, defender la lectura “es un acto de resistencia pedagógica”. Al final de cuentas, en la lectura se encuentra la clave del desarrollo del pensamiento crítico.

Una de las soluciones para recuperar la comprensión lectora está en reducir el uso de los dispositivos electrónicos y aumentar el uso de los libros en las aulas. Es una iniciativa que está aplicando Suecia, luego de 15 años de llevar la educación a un esquema digital, promoviendo el uso de tabletas y computadoras portátiles desde el nivel básico hasta el superior.

Con el paso del tiempo, un cambio en la dirección del país y su descenso en la prueba PISA –que realiza cada tres años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y mide el desempeño en lectura, matemáticas y ciencias a nivel global– llevaron a la nación nórdica a decidir volver al papel y la tinta en las aulas. Este giro pedagógico podrá medirse hasta la siguiente evaluación en 2028, ya que los resultados de la anterior se esperan en diciembre de este año.

Emanciparse de herramientas digitales como la inteligencia artificial, que puede, con apenas unas instrucciones, generar contenidos que terminan siendo calificados por los profesores, es indispensable para que la reflexión de los alumnos vuelva al origen y el conocimiento –como explica el académico español Manuel Fernández Navas– tenga un valor de uso real en la vida, y no un valor de cambio sólo por una calificación, ya que la reproducción del conocimiento no promueve el pensamiento crítico.

Teniendo claro que las redes sociales sí pueden afectar psicológicamente a los menores que navegan en plataformas que no están diseñadas para ellos –tan es así que Mark Zuckerberg perdió el mes pasado una demanda por daños interpuesta por una joven contra su empresa Meta en Estados Unidos–, y que discernir y cuestionar siempre será un acto de disidencia que sólo la reflexión puede desarrollar, podemos considerar, “con ánimo de ofender” –como diría Pérez-Reverte–, y rescatando unas líneas de ‘La Reina del Sur’, que: “Los libros son puertas que te llevan a la calle. (…) Con ellos aprendes, te educas, sueñas, imaginas, vives otras vidas y multiplicas la tuya por mil”. Y esa experiencia ninguna inteligencia artificial puede superar.

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jl/I

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