¿Qué tan real es lo que vemos en el espejo? Lo último que vio el atacante de las dos maestras en la preparatoria Antón Makárenko, en Lázaro Cárdenas, Michoacán –un adolescente de apenas 15 años– no fue sólo su reflejo: fue una imagen construida en comunidades digitales que validan el odio hacia las mujeres. Un reflejo distorsionado que, como sociedad, nos deja más preguntas que respuestas.
El caso fue diseccionado con una velocidad inquietante. Antes de que el joven llegara a Morelia para iniciar su proceso legal, ya se discutía su pena máxima. El debate se abrió en múltiples frentes: la seguridad en las escuelas, la salud mental, la responsabilidad de los adultos ante la falta de supervisión, el tráfico de armas, la influencia del crimen organizado, si los menores deben ser juzgados como adultos, los foros que difunden odio sin filtros, la violencia cotidiana en la que crecen los jóvenes, el papel de las redes sociales y la reparación del daño a las familias de las víctimas.
No es un hecho aislado. En marzo de 2024, en el plantel Olímpica de la Universidad UTEG en Guadalajara, un joven de 20 años ingresó armado y atacó a dos mujeres después de haber asesinado a otra. En septiembre pasado, en el CCH Sur de la Ciudad de México, un estudiante de 19 años mató a otro de 16. Tres casos recientes, un mismo patrón: jóvenes que anuncian violencia en redes sociales, vestidos de negro, posando frente al espejo con un alter ego armado, proclamando que “hoy es el día”.
En estos actos aparece con fuerza un término que ya no es marginal: “incel” (célibe involuntario). Más que una etiqueta, es un espacio de pertenencia en comunidades digitales donde se normalizan discursos de odio contra las mujeres. ¿Fenómeno, subcultura o refugio? Para algunos, se convierte en justificación. Para otros, en identidad.
El adolescente de 15 años marcó una diferencia inquietante: no utilizó un arma blanca, sino un arma de uso exclusivo del Ejército, sin registro, con cartuchos útiles, que logró ingresar al plantel sin ser detectada. La pregunta ya no es sólo qué pensaba, sino cómo lo hizo y por qué nadie lo vio venir.
La ficción ya había advertido este fenómeno. La serie ‘Adolescencia’ mostró cómo una semilla de odio puede crecer en un joven aparentemente inofensivo, con una vida ordinaria, hasta convertirse en violencia irreparable. Lo que parecía un guion hoy se replica en la realidad.
Tres años sin libertad no alcanzarán para reparar el daño causado a las familias de Tatiana y María del Rosario, víctimas de feminicidio. El adolescente enfrenta ahora una realidad que no puede modificar, ni siquiera frente al espejo.
Las preguntas siguen acumulándose. Lo urgente es responderlas antes de que el reflejo vuelva a romperse.
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