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La humanidad que se fue en silencio

Hay ausencias que no necesitan grandes anuncios para sentirse inmediatas. Basta recorrer ciertos pasillos, mirar algunos rostros o escuchar el silencio donde antes había palabras de aliento. 

La salida de las religiosas de la Cruz Roja deja precisamente esa sensación: la de un vacío humano difícil de sustituir.

Durante décadas, las hermanas formaron parte de la vida cotidiana en los puestos de socorro de Guadalajara. 

No aparecían en encabezados ni ofrecían declaraciones. 

Su trabajo ocurría lejos de los reflectores, ahí donde el dolor suele ser más profundo y menos visible. 

Las religiosas estaban junto a las familias que acababan de sufrir un accidente, acompañaban a quienes esperaban noticias de un ser querido y ayudaban a sostener emocionalmente a médicos, enfermeros y paramédicos agotados por jornadas extremas.

Javier Vega Domínguez, ex agente del Ministerio Público adscrito a la Cruz Roja durante la década de 1980, recuerda que las religiosas eran mucho más que personal de apoyo. 

Eran, dice el ex fiscal, una especie de refugio emocional en medio del caos.

“Ellas hacían sentir a la gente que no estaba sola”, resume.

La frase parece sencilla, pero encierra algo que hoy muchas instituciones públicas han ido perdiendo: la cercanía humana. 

“Ellas estaban en todos lados. Ayudaban en enfermería, limpieza, administración, en las bodegas, con los médicos y con las familias. Eran las verdaderas trabajadoras sociales de la Cruz Roja”, relata. 

En aquellos años, las ambulancias llegaban constantemente con víctimas de accidentes, riñas, incendios o atropellamientos. 

Había escenas difíciles: personas heridas, familias llorando y trabajadores agotados por la presión diaria. 

En medio de ese caos, asegura Vega, las religiosas lograban devolver calma y humanidad. 

Porque en espacios donde diariamente se convive con accidentes, violencia, enfermedad y muerte, no todo puede resolverse con protocolos administrativos o eficiencia operativa. 

También hace falta empatía.

Las religiosas ayudaban en enfermería, en labores administrativas, en la atención a familiares y en tareas de asistencia social. 

Conseguían comida, ropa o un lugar para dormir a personas que llegaban sin recursos.

 Escuchaban a quienes acababan de perder a un familiar. 

Calmaban discusiones. 

Consolaban. 

Y lo hacían sin esperar reconocimiento. 

Quizá por eso su ausencia provoca tristeza entre quienes convivieron con ellas. 

No se trata únicamente de la salida de un grupo religioso, sino de la desaparición de una forma de servicio basada en la vocación y la solidaridad silenciosa.

En tiempos donde muchas instituciones enfrentan desconfianza ciudadana, la presencia de las hermanas representaba algo difícil de medir en estadísticas: confianza. 

Su cercanía transmitía tranquilidad en momentos de angustia. 

Eran un recordatorio de que incluso en medio de la tragedia podía existir calidez humana.

La discusión de fondo no es religiosa, sino social. 

¿Qué lugar ocupa hoy el acompañamiento humano dentro de hospitales, organismos de asistencia y espacios públicos? 

La tecnología, los procesos y la administración son indispensables, pero ninguno sustituye la escucha, el abrazo o la disposición genuina de ayudar.

Hay trabajos que no aparecen en organigramas ni presupuestos, pero sostienen emocionalmente a una comunidad entera. 

Y esos, como advierte Vega Domínguez, no pueden improvisarse.

La salida de las religiosas deja una reflexión incómoda: quizá las instituciones modernas han aprendido a operar con mayor rapidez, pero no necesariamente con mayor humanidad. 

Y eso también termina pasando factura.

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jl/I

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