Nunca antes la información había estado tan cerca, al alcance de un clic, pero al mismo tiempo tan disputada en un mercado fragmentado. Querámoslo o no, en las redes sociales los medios de comunicación y los periodistas compartimos espacio con los influencers, creadores de contenido independientes, ejércitos de bots y los Fake Media. Y disputamos la preferencia del público con las series de streaming, los videos musicales o los eventos deportivos. Todo en un mismo ecosistema mediático. Suena rudo, pero es lo que ocurre en la realidad.
En este terreno pareciera que quien grita más fuerte obtiene más atención que quien enarbola los argumentos de la razón. Ya habíamos escrito en este diario que la desinformación se aprovecha de esa lógica y activa resortes emocionales como la ira, la indignación o el miedo.
La desinformación, que hasta hace unos años parecía trivial o exclusiva de las negras artes de la política, ha mostrado ya, cual epidemia contemporánea, su peor rostro en un ámbito íntimamente ligado al bienestar: la salud.
Durante la pandemia de Covid-19 circularon teorías conspirativas sobre microchips en vacunas y remedios como el dióxido de cloro. La reciente ola de sarampión evidenció el daño de los movimientos antivacunas y recientemente, influencers llegaron a promover sin tapujos una inyección milagrosa para adelgazar, ahora cuestionada por efectos secundarios reportados en medios de varios países.
Este jueves 26 de marzo, en el marco del XXVII Congreso Internacional Avances en Medicina organizado por los Hospitales Civiles de Guadalajara, se realizará a la par el XII Simposio de Medios de Comunicación y Salud. Ahí abordaremos diversos entresijos de este tópico en la mesa “Desinformación en salud: retos para periodistas, comunicadores e instituciones”, en la que tendré la fortuna de coincidir con admiradas colegas.
Un gran amigo me preguntaba: por qué los periodistas tendrían que participar en encuentros de medicina, si no somos profesionales de la salud. La respuesta es que la alianza interdisciplinaria entre ambos perfiles hoy es más indispensable que nunca. Los médicos y médicas aportan evidencia científica y credibilidad, mientras que periodistas traducen y narran para audiencias diversas. En el entorno saturado y fragmentado que describí al inicio de este texto, esta colaboración es una forma de equilibrar accesibilidad y rigor.
El combate de la desinformación requiere estrategias amplias y distintos abordajes por parte de equipos interdisciplinarios, porque su naturaleza es la misma que la de otros fenómenos, como por ejemplo la corrupción: capaz de infiltrarse y contaminar cada rincón de la vida pública.
O como la describió el gran poeta Virgilio en ‘La Eneida’: “La más veloz de todas las plagas, monstruo horrendo que llena de espanto las grandes ciudades, mensajera tan tenaz de lo falso y de lo malo, como de lo verdadero”.
Que los periodistas, de la mano de los médicos, podamos convertirnos en una especie de epidemiólogos contra la mentira. Capaces de prevenir y combatir a la siniestra plaga de la desinformación y a sus incubadores perversos.
*Investigador de la UdeG en la Maestría en Periodismo Digital
X: @julio_rios
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