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Matar al paso

Lo llamaron daño colateral; en realidad fue homicidio. El pasado jueves, un altercado vial entre un automovilista y el operador de una unidad de la ruta 168 del transporte público terminó en tragedia al arrebatarle la vida a Adrián Salinas, un joven de 22 años que abordaba el autobús. El caso puso sobre la mesa un tema que nos incluye a todos: la violencia vial que va en aumento.

Nadie pensó que la tensión entre conductores, que inició en el cruce de las avenidas Mariano Otero y Lázaro Cárdenas, terminaría con un disparo justo cuando el operador del transporte público detuvo su marcha en el cruce de Mariano Otero y Las Rosas. Fueron sólo unas cuadras, quizá un minuto, y la historia cambió por completo en un segundo para la familia de Adrián, para los pasajeros de la unidad y para el chofer.

Las investigaciones nos permitieron conocer al joven de 22 años: estudiante de música, cantante, amante del género regional mexicano, trabajador, vocero de juventudes del partido Movimiento Ciudadano en Tlajomulco, compañero entusiasta e hijo de familia. El incidente nos abrió los ojos: cualquiera, en cualquier momento, podría ser víctima de un individuo furioso y armado al volante.

El estrés en las calles está saliendo de control. ¿En qué momento pasamos de las palabras altisonantes lanzadas desde la ventana de un automóvil a un disparo con arma de fuego para descargar la ira provocada por un incidente vial?

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los siniestros viales son una de las principales causas de muerte en el mundo: alrededor de 1.19 millones de personas fallecen cada año por esta causa. En muchos países, las estadísticas de defunciones relacionadas con incidentes de tránsito no distinguen la violencia vial como factor detonante, pero la OMS ya la considera un problema de salud pública y de convivencia urbana.

Las calles son una olla de presión. En su interior se acumulan el estrés social y económico, la saturación urbana y, por consiguiente, el tráfico. Si a ello se suman la baja tolerancia a la frustración y el acceso ilegal a las armas de fuego, el resultado puede ser un estallido si la presión no se regula a tiempo.

Muchas veces el autocontrol nos mantiene al margen de una situación comprometedora. Para muestra, dos casos conocidos en los que hizo falta y cuyos protagonistas hoy lamentan las consecuencias. El actor Pablo Lyle permanece en prisión en Miami desde 2019 por un altercado vial. Pablo y otro automovilista discutían en la calle; durante el enfrentamiento, el hombre cayó al suelo, requirió atención médica y murió días después en un hospital. El actor recibió una condena de ocho años de prisión. Por su parte, el influencer Fofo Márquez cumple una sentencia de 17 años de prisión por agredir brutalmente a una mujer que chocó con su automóvil en un estacionamiento en 2024. Ninguno portaba armas, pero ambos perdieron el control de la situación.

Lo ocurrido la semana pasada se cuenta tan rápido como sucedió: un incidente, una persecución, un disparo, una víctima y un homicidio. La víctima fue Adrián, pero le pudo suceder a cualquiera: a tu vecino, al compañero de tu hijo; pudiste ser tú, pude ser yo. No fue una bala perdida. Mientras la justicia avanza, ya se tiene identificado un vehículo como el posible responsable y se ha dado seguimiento al trayecto que tomó mediante Escudo Jalisco C5. Paralelamente, la Fiscalía del Estado realiza entrevistas y continúa con las investigaciones para esclarecer los hechos y dar con quien accionó el arma. De todas y todos, de cada uno depende practicar el autocontrol y evitar que otro acto de violencia vial cobre una vida inocente.

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